lunes, 24 de marzo de 2014

Experimento Milgram o cómo pensar que ‘yo sólo cumplo órdenes’ modifica los límites de la conciencia y los valores personales

El Experimento Milgram resulta tan interesante como inquietante en relación a la obediencia irracional que demostramos los seres humanos respecto a una autoridad o superior jerárquico. Porque los resultados que arroja no dejan lugar a dudas: estamos predispuestos a obedecer casi cualquier orden. Un sesgo que se agrava por el abismo que hay entre los límites de conciencia y moral que decimos (y pensamos) que tenemos y el límite verdadero que demostramos cuando, en una situación real, nos ordenan que ejecutemos órdenes que consideramos inmorales o contrarias a nuestros valores. Básicamente, pensar o sentir que “yo sólo cumplo órdenes” nos funciona como patente de corso mental para realizar actos contrarios a nuestra conciencia. Algo que nos pasa a todos, incluido tú, que ahora mismo estás pensando que tú nunca harías nada en contra de tus valores.

Planteamiento

El autor del experimento fue Stanley Milgram, psicólogo estadounidense también conocido por sus ‘experimentos del pequeño mundo’ muy cercanos a la Teoría de los seis grados de separación.

Milgram se planteó en 1961 medir hasta qué punto obedecemos órdenes de una autoridad incluso si, aparentemente, son contrarias a nuestras creencias, valores o conciencia.

En términos más controvertidos, Milgram, judío y en absoluto sospechoso de tratar de defender a criminales nazis, partió del argumento de alguno de ellos de que ‘sólo cumplía órdenes’ para estudiar el comportamiento humano en entornos de jerarquía y autoridad, y por ello sus resultados tienen un especial interés dentro del mundo de la empresa y la toma de decisiones.

Milgram y sus colaboradores reclutaron a 40 personas mediante carteles colocados en una parada de autobús en los que solicitaban voluntarios para un experimento científico de la universidad de Yale relacionado con la memoria y el aprendizaje.

El día que se le asignaba para la prueba, cada voluntario conocía a dos personas, un investigador de la universidad y otra persona que se le presentaba como si fuese otro voluntario más que había acudido para a participar.

En primer lugar, el investigador realizaba un sorteo amañado de asignación de roles de tal manera que el verdadero voluntario acababa siempre con el papel de ‘maestro’ y el falso voluntario con el de ‘alumno’.

Entonces pasaban a una sala en la que el ‘alumno’ se sentaba en una silla y se le inmovilizaba en la misma mediante correas “para que no realizase movimientos bruscos”. También se le aplicaban en el brazo una serie de electrodos para aplicarle descargas eléctricas.

De hecho, se hacía una prueba de descarga (baja) a ambos para comprobar que funcionaba y que el ‘maestro’ tuviese una referencia del dolor que iba a generar en el ‘alumno’.

En ese momento el investigador y el ‘profesor’ pasaban a otra sala desde donde se comunicaban con el ‘alumno’ mediante un micrófono.



El investigador les explicaba entonces que la prueba de incentivo de la memoria consistía en que el ‘maestro’ iba a leer una lista de pares de palabras. Por ejemplo... 
  • Coche / Carretera
  • Lápiz / Escribir
  • etc.
Posteriormente le iría leyendo al ‘alumno’ una de ellas y otras tres para que éste dijese cual era la correcta.

Es decir, si el ‘maestro’ decía...
  • Coche: Velocidad / Aparcar / Carretera / Viajar
...el ‘alumno’ tenía que pulsar la tecla con el número 3, que correspondía a la palabra ‘Carretera’, el par de coche en la lista inicial.

Si el ‘alumno’ pulsaba otro número, el ‘maestro’ debía activar la tecla de 15 voltios y aplicarle la descarga. Si fallaba una segunda palabra, debía activar la tecla de 30 voltios y aplicar el castigo. Y así sucesivamente subiendo el nivel descargas de 15 en 15 voltios.

Al ‘maestro’ se le decía que el castigo que iba a infligir era doloroso, pero que no provocaba daños irreversibles; además de otros datos como que la corriente de una casa normal era de unos 240 voltios; y que el máximo que iba a aplicar eran 450 voltios (tecla que incluía la advertencia de ‘¡Peligro!’) en el caso de que el ‘alumno’ llegase a 30 errores.

Evidentemente, el ‘alumno’ no recibía descarga alguna, pero eso no lo sabía el ‘maestro’, que a partir de ese momento sólo oía las respuestas y las quejas de dolor ante el castigo que aplicaba.

A medida que las descargas alcanzaban niveles altos, los ‘maestros’ iban mostrándose nerviosos, preocupados, confundidos, desconcertados... sobre todo cuando las quejas del ‘alumno’ pasaban a ser primero gritos de dolor; auténticos alaridos a partir de los 270 voltios; y silencio que aparentaba desmayo en el nivel de los 300 voltios. En ese momento se le decía al ‘maestro’ que si el alumno no contestaba se consideraba respuesta errónea y que siguiese incrementando el nivel de las descargas.

Tarde o temprano los ‘maestros’ le decían al investigador que no querían continuar administrando descargas. Éste les instaba a seguir en un tono firme y ausente de sentimientos con frases como:
  • Siga, por favor.
  • El experimento es así, debe seguir.
  • Es importante que no pare ahora, siga.
  • Usted no es quien decide cuando parar, siga.
Si el investigador tenía que recurrir a la cuarta frase y el ‘maestro’ seguía diciendo que le daba igual y que paraba, entonces sí se detenía el experimento.

Llegaba el momento de decirle al ‘maestro’ que todo había sido falso, que en realidad era un experimento sobre la obediencia. El alivio que experimentaba era enorme, sobre todo al ver al falso ‘alumno’ que le confirmaba que no había recibido ningún daño.

Pero ese alivio no oculta una realidad, habían obedecido cuando les instaron a aplicar descargas eléctricas altas.

Y ahora, una pregunta interesante... ¿en qué nivel de descargas creéis los ‘maestros’ se negaban a continuar con el experimento? ¿45 voltios? ¿60? ¿75?

Y no olvidemos que los ‘maestros’ eran personas normales y corrientes, vamos, que podría ser tu amigo, tu hermana o tú mismo...

Cómo somos y cómo pensamos que somos

Antes de llevarlo a la práctica, Milgram y sus colaboradores realizaron una encuestra, también aleatoria, preguntando a diferentes personas cuándo pararían si les pidieran que diesen esas descargas.

En base a los resultados, es decir, lo que la gente dice que haría, pensaban que los ‘maestros’ se negarían a seguir por término medio cuando tuviesen que aplicar descargas de 130 voltios. Y que sólo en el caso de que algún sádico se apuntase al experimento se llegaría a los 450 voltios máximos.

¿Qué fue lo que pasó?
  1. De los 40 voluntarios, el 65% (26) aplicaron los 450 voltios.
  2. Todos los que llegaron a los 300 voltios, instante en que el supuesto ‘alumno’ se desmayaba, siguieron hasta los 450 voltios.
¿No resulta un poco inquietante que dos tercios de la población sea capaz de administrar una dosis letal de electricidad a otra persona sólo porque un tipo con bata blanca al que acaban de conocer les dice que lo hagan?
El experimento se ha realizado desde entonces en otras universidades y los resultados nunca han variado: el porcentaje de ‘maestros’ que llegan al nivel máximo de descarga se sitúa invariablemente entre el 61 y el 66%.

De hecho, sólo se ha dado un caso de una señora que se negó en rotundo antes de empezar a aplicar la primera descarga.

Y eso que todos los ‘maestros’ habían probado las descargas y tenían claro que incluso las más bajas ya dolían un poco.

Por lo tanto, resulta que si preguntas a la gente cuando creen que dejarían de obedecer, la media dice que entorno a los 130 voltios; y sin embargo, la realidad demuestra que seguimos hasta los 450 voltios aún escuchando alaridos de dolor o creyendo que la otra persona se ha desmayado, con lo que eso puede suponer en cuanto a daños.

Vamos, que una cosa es cómo somos y otra cómo decimos que somos.

Lo fácil ahora es pensar que “yo desde luego pararía muy pronto, en cuanto escuchase que el ‘alumno’ se quejaba mucho”. Pero...
  • ¿Estamos seguros?
  • ¿Por qué vamos a pensar que somos diferentes al resto?
  • ¿Cuánta diferencia hay entre cómo pensamos cada uno de nosotros que somos y cómo somos de verdad?
  • ¿Obedecemos o utilizamos el concepto de obediencia a la autoridad como autojustificante?

Empresa y dirección de equipos

Desde el punto de vista de la empresa y la toma de decisiones, los resultados del experimento Milgram plantean varias dudas sobre la eficacia y el rendimiento de los equipos en las empresas que no fomenten de un modo activo la aportación de ideas por parte de sus integrantes como método para evitar este sesgo de servilismo hacia la autoridad que tenemos.

Por ejemplo...
  • Si los integrantes de un equipo se limitan a obedecer sin más a su jefe... ¿con ello no se pierde la posibilidad de enriquecer o mejorar cualquier proyecto con los conocimientos y experiencia que tienen ellos?
  • Si recibimos una orden de un superior y, por nuestros conocimientos, entendemos que eso va a perjudicar a nuestra empresa... ¿nuestro deber profesional no es advertirlo a nuestros jefes en lugar de lavarnos las manos pensando que “yo sólo cumplo órdenes”? (Incluso aunque sepamos que esa discrepancia con la dirección nos va a perjudicar).
  • ¿Tenemos completamente clara la responsabilidad que supone formar parte de un equipo?
  • ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a seguir indicaciones sin pensar ni aportar nada más?
  • ¿De verdad sólo con pensar que ‘yo sólo sigo órdenes’ ya debemos acatar sin más cualquier cosa?
  • ¿Es suficiente el concepto de obediencia a la autoridad para autojustificar nuestros actos?

Y esto no significa que no haya que obedecer a un superior. Todo lo contrario.

Está claro que una empresa o equipo no puede funcionar sin una jerarquía o dirección, ya sea vertical u horizontal.

Pero la autojustificación no debe llevarnos a eludir la responsabilidad que tenemos como profesionales hacia nuestra empresa y/o compañeros.

Y eso incluye aportar nuestra opinión y advertir si entendemos que una determinada decisión va a ser negativa para la marca o ese proyecto concreto.

Porque, ahora que sabemos que los seres humanos tenemos tendencia a obedecer abstrayendonos de las consecuencias de dichas acciones, planteo una pregunta con dos posibles respuestas:
¿Qué es mejor para tu empresa o grupo de trabajo...?
  • ¿Ejercer una obediencia o un mando tan directos que lleven a ti mismo o a tu equipo a obedecer sin pensar?
  • ¿O es preferible un mando que trate de eludir ese sesgo de obediencia y permita que los buenos profesionales puedan aportar sus conocimientos y experiencia?
Evidentemente, me quedo con la segunda opción.


Origen Imágenes
Morguefile, Roy Kerwood [CC-BY-2.5, via Wikimedia Commons
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